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ADELANTO DE «INSTANTÁNEAS»
Ascensor:
Vivo en un ascensor. Hace un año y medio que no sube ni baja; yo tampoco. Vivo en la línea, sobre la línea de esta tierra.
El terreno es de la provincia, de ella la tierra donde se enraizó mi ascensor; desde el día aquel en que me crucé entre el edificio y el basural. Edificio grande, con sus años, sobre Avenida de Mayo, y entonces ascensor cómodo para alguien como yo que viaja solo en su no subir ni bajar.
Sólo algunos reparan en el hecho, en la imagen, en medio del terreno, como caído del cielo, mi ascensor.
Al edificio de Avenida de Mayo había ido a pintar, una changuita de brocha gorda; flor de ironía cuando mi mano sabe de papel, tinta y poesía. Pero hay que comer, y mi poesía nutre, pero por otros circuitos, metafísicos unos, jodidamente urbanos otros.
El ascensor pudo haber caído del cielo, uno de los viejos ascensores de dios, otro que no pagó el mantenimiento para tantos izados a su mástil; flamea porque tuyo será el aire de los cielos, así se dice, se repite.
En mi inmovilidad llevo anotado techo de chapa, llevo música de lluvia cuando la chapa y las gotas; llevo salpicaduras de barro en el plástico que cubre mi puerta de reja y pliegue, así también mi respiración, como de puerta de ascensor que ni sube ni baja, que nada más está en este terreno de provincia.
La tierra es prestada, al ascensor me lo dieron, la poesía es mía, la vida, consideraciones al margen, creo que me pertenece. A veces me doy cuenta, ocurre en los momentos sumados entre tanta maraña quieta; ocurre cuando escribo mi poesía, porque sí, porque es el impulso, que a veces sube o baja, que está y no está.
Ocurre en medio del terreno, con la escritura aparece, perpetua, la sospecha o la sensación efímera; así dentro de este ascensor, que no va hacia ningún lado, ni siquiera arriba, ni por equivocación abajo.
Ricardo Vázquez, argentino, hace cinco años que vive en España, fue amigo del poeta David Álvarez Morgade, fallecido en 2002. David le contó que alguna vez vivió en un ascensor. Ricardo comentó el dato, la imagen; después, como a veces sucede, llega la escritura y acompaña.

Balcón:
La luz del día se filtraba entre las ranuras superiores de la persiana. Era un día frío y la luz amanecida hablaba de un sol tímido, de esos que piden permiso para estar un rato sobre esta ciudad.
La mirada recorrió la biblioteca chica del frente, sobre ella había polvo, no lo veía, pero sabía que ahí estaba, hacía semanas que no limpiaba. Sobre la biblioteca chica del frente no veía las fotografías que siempre habían ocupado el espacio; no las veía y no era por culpa del sol que apenas pedía permiso, no las veía porque él mismo las había sacado. Imágenes de un tiempo verde y de otro sol.
Se levantó entre los pliegues del frío y respiró, o le pareció que así lo hacía, en un nuevo día; se puso la bata, lo recuerda.
Comenzó con el izado de cada mañana, no era patio de escuela, no había mástil, sólo la persiana sobre la ventana que espía la avenida. Alta en el cielo, le gustaba pensar en el Alta en el cielo cuando subía la persiana, y eso que nunca le había importado la bandera; de pibe la respetó, después, cuando entendió qué era la patria, la descartó. Pero le quedó aquello de Alta en el cielo cuando la persiana.
La persiana fue subiendo y subió a su cielo de quinto piso; fue cuando él miró las plantas que de a poco se morían en el balcón; junto a la maceta más grande había un hombre sentado, ojos azules, grandes y abiertos; el hombre que estaba sentado en el balcón estaba muerto.
No era un ángel amanecido. No parecía.
Aparicio Bustamante, el hombre muerto en un balcón, fue “la noticia” de la página de policiales del diario Crónica del sábado 10 de julio de 2004. En Buenos Aires, al parecer, también se puede morir en balcones ajenos, sólo es cuestión de subir o de bajar. Así pensó Ismael Núñez mientras viajaba entre el trabajo, en el centro, y su casa en la provincia. Desde el colectivo miraba, a través de las ventanillas mugrientas del bondi, los balcones de los edificios.

Polvorín:
Fusil automático liviano en las manos del soldado.
Fusil automático liviano en la puerta de la noche del polvorín de la Escuela de Caballería sita en la noche de Campo de Mayo.
Un lugar en el tiempo, en esa noche que persiste en el recuerdo.
El polvorín a metros de la calle interna del cuartel; nadie cerca porque nadie podía caminar la noche del cuartel, salvo las putas de la ruta rumbo a los dormitorios de los suboficiales.
Había árboles frente a las puertas del polvorín donde el fusil automático liviano estaba en manos del soldado.
Subordinación y valor, le gritaron varias veces al soldado en los actos. Para defender a la patria, contestó cada vez. Y cada vez apuntó al chileno. Los juegos obligados en el polígono de tiro.
En la soledad de la noche se escuchó el disparo.
La inexperiencia, el retroceso del fusil tan automático y liviano. El miedo, quizás el llanto. Nervios, sí, los nervios y las desesperaciones también caminaban por las calles del cuartel. No sólo las putas.
Alonso no aguantó más. Colocó el automático y liviano con la culata en el piso y disparó. No fue la muerte, el disparo fue a la cadera y la renguera se hizo para siempre. Alonso caminando por el playón camino a la cuadra en el día en que le dieron la baja. Soldado caminando, una de las posibles fotografías de 1981. En el recuerdo, alguien guarda una bala eterna, esa que siempre le quiso meter en la cabeza al cabo primero Berón de Astrada. No era la única bala, en el recuerdo se guarda la lista.

Diálogo:
¿Te pensás que no sé cómo cumplirte un deseo?
El hombre no respondió. No esperaba la respuesta.
Ella, con algunos años más sobre los cincuenta, seguía desarrollando su actividad. Los movimientos de todos los días, una mujer en la naturalidad cotidiana.
El hombre, en cambio, quedó tocado de lentitudes inesperadas.
Ella se movía atenta a lo que él pudiera agregar, lo presentía, disfrutaba de su silencio y a través de la expresión adivinada.
Él había jugado, desde que llegaron a la confianza del diálogo, al juego de las palabras y las sugerencias.
Ella era flaca, no era baja, tampoco alta, la ropa sugería o prometía las formas que la imaginación tuviera a mano.
Él sabía o imaginaba desde sus inexpertos treinta años, así lo hacía hasta que no respondió.
Los tubos fluorescentes iluminaban la escena en el pasillo del Hospital Durand, a finales de julio de 2006. Ella empujaba un carrito metálico donde llevaba tres grandes termos con el desayuno de los internados; él baldeaba y secaba el piso de las habitaciones compartidas. Como todos los días.

Virgen:
El grupo de pibes llegó hasta la terraza. Ahí tampoco estaba el muerto.
Quizá por eso mismo llegó hasta uno de los rincones más alejados de la casa, a miles de tensos kilómetros de la puerta de calle. Desde la terraza vieron pasar el tren, las vías estaban a no más de cincuenta metros de la casa.
Uno de los pibes gritó, y entonces la desbandada escaleras abajo.
Entre la vereda de la casa y la zanja que la separaba de la calle de tierra, había dos árboles. Los pibes jugaban a colgarse de uno a otro, así hasta que cada vez nacía el desafío.
En el fondo de la casa había un terreno cubierto de yuyos varios. Contra la pared del final se apoyaban los restos de lo que había sido un gallinero.
Al cruzar la puerta de entrada había a mano derecha una ventanita pequeña, cuadrada, por la que se podía ver la cocina —mugre, desolación y restos de comida—, y a la izquierda el pequeño altar de cemento. Una virgen cuidaba la entrada, a la izquierda de su imagen había, clavada a la pared, una chapa simple y en ella, pintados con negro, a puro pulso y pincel, nombres con fechas de nacimiento y muerte.
Pero antes de llegar hasta la puerta de entrada, había que superar los pilares de la entrada de la calle, un pasillito corto, tres o cuatro metros, y al lado o acompañando el camino, una fosa rectangular enseñaba su interior de basura. La tapa había sido rota y era exactamente ahí donde vivía el muerto que ahora deambulaba por toda la casa abandonada.
Es seguro que Juan Luis Cacabelos guarda en su memoria, sin tenerlo muy presente y mientras maneja el colectivo que cruza las calles de Martín Coronado, estas mismas imágenes que el Grillo recuerda en su refugio de Misiones. Recuerdan, es seguro, Javier, Edgardo, Néstor, y recuerdan tantos otros fantasmas que perdieron su condición de rostro, nombre y aventura de aquellos años a principios de los 70, cuando nadie del grupo sabía que había gente que pasaba las noches donde podía.

Silencio:
Un rumor de resortes sobre el metal del elástico, murmullo de cama vieja en medio de la noche.
Desde las sacudidas del amor, la cama, el metal, llega hasta la pared y entonces los amantes se expanden por el edificio.
En el silencio, que generalmente transita entre las dos y las cuatro de la mañana de la avenida, las palabras dichas o mordidas en los últimos momentos del encuentro, ganan su cópula a los pareceres del metal, la cama.
Ella gime, quiere más.
Él dice, pero sólo palabras entrecortadas.
Se sabe, la palabra extiende su presente tanto como la voz del metal cuando los besos a la pared.
Luego del silencio, el último suspiro de la cama, aparecido después de que el agua haga su corrida por el baño.
En el hall del edificio, donde ni las miradas se bifurcan, la pareja pasa en silencio, como asumiendo una culpa.
Él dice Hola desde su altura encanecida. Ella apenas sonríe, siempre parece otra.
Julio Argañaraz no puede evitarlo. Cada noche de amor de su vecino llega hasta su almohada. Las embestidas de la carne, piensa, mientras enciende el velador y los escucha. Hace tres años que los escucha, todo empezó apenas se mudó al edificio, en abril de 2003. La cama, la pared, el silencio, por eso Julio, cuidadoso, retira la cama de la pared y su beso es eterno.

Mejores:
El cuento de terror se le hizo sangre en el sueño y entonces ella miró en la oscuridad de la habitación.
Una pesadilla.
La soledad a las cuatro de la mañana.
De haber estado acompañada, la noche y los fantasmas no hubiesen tenido oportunidad. Pero la superficie de la cama se adivinaba como una panorámica de la luna. Desde el módulo lunar, ella, hasta el horizonte, unas pocas elevaciones probaban la no existencia de vida en el satélite de los días, la cama.
Un muerto la corría para decirle que no iba a terminar de preparar la clase del viernes. Esa imagen de muerto, repetía ella, un susurro, en medio del miedo. Ella lo sabe. No se escapa de un muerto en el mientras tanto de la soledad, en la noche.
Y todo esto por hablar de fantasmas. Maldita la mesa de café, maldito aquel que se vino con los muertos.
Estábamos en un café, había gente, pero él trajo los muertos y se fue en la noche del frío, recuerda ella mientras trata de escuchar qué dice el muerto que camina por su habitación.
Claudia Fernández venía de tener unos días especialmente esperanzados. Ya vendrán tiempos mejores, se sorprendía una y otra vez pronunciando la fórmula mágica. Sucedía y eso que ella no era de las especialmente positivas. Juan Solari escuchó la fórmula en el café, y agregó un «¿Por qué no?» que explicó, provenía del final de La pandilla salvaje de Sam Peckinpah. Fue cuando aparecieron los primeros muertos. Luego fue el turno de los muertos del más allá. Claudia no se animó, cuando se despidieron, a pedirle que al menos por esa noche no durmiera más allá de ella.

Fósforo:
Para llevar a feliz término los días de una caja de fósforos Gran Fragata de cuatrocientos individuos, será necesario ir raspando la caja, en sus caras laterales a gastar, de manera aplicada y a conciencia.
El fósforo es como el poroto, sólo que germina más rápido. De ahí la necesidad de la contemplación extática.
Raspar enloquecido conduce a la ausencia.
Raspar con extremado cuidado a la negación de la llama necesaria.
El golpe de raspado deberá ser de recorrida mínima, un toque certero, dentro de lo posible, para que los flancos de la fragata aguanten toda una vida, la suya, la del raspador.
Humberto Pedro Llamazar usa fósforos Gran Fragata de 400 desde el invierno de 1992. En la cocina de su casa tiene siempre a mano una bolsita plástica guardando la yerba mate usada por la mañana. En cuanto Humberto sopla el fósforo de seguridad y madera, lo hunde de cabeza en la yerba fresca y húmeda para ver y escuchar. La vida, afirma, se debate entre tensión y calma, y si además hay un poco de verde, mejor.

Resignificación:
La resignificancia que logra una intelectual en una cocina va mucho más allá de la capacidad camaleónica o de la pobreza de principios que puedan exhibir ciertos alimentos.
Así la calabaza, que en soledad es precisamente eso, una calabaza con esencia pura de servicio secundario, resignificada a eso de las diez de la noche y luego de un día agotador, podrá pasar a ser el centro de un nuevo universo. Atrás habrá quedado su virtud acompañante gracias a la acción creadora, recreadora, desesperada, de una intelectual que resignifica su cena.
Claudia Parodi lo había dicho por teléfono. En la cocina... una intelectual resignifica. Después se rió. Se habían visto cuatro veces y los destinos de cada vez habían sido distintos, una suerte de reacomodo o de búsqueda de la forma derivada de las muchas ganas de compartir momentos. Él preguntó durante esa noche de septiembre de 2006, por teléfono, ¿Qué vas a cenar? Ella sonrió para que él no la viera, y resignificó la respuesta.

Absoluto:
Es posible aceptar la idea del absoluto cuando se es inmortal y cuando el amor es simplemente eterno.
Es absoluta la seguridad del cielo y de la tierra durante el transcurso de los días y las vidas.
Absolutas las existencias hasta que los años acuñan la relatividad.
No hay imagen de derrota, es sólo el beso de las otras historias que vienen, que vendrán.
La sangre siempre se entretiene en su juego.
Absoluto el juego, como cada uno de los sueños.
Florencia Merlo tiene unos veintitrés años. Toda la fuerza de la confianza brilla sobre su cuerpo. Con mirada de inmortal enamorada, ella hace planes de meses, de años. Sentada a una mesa de La Ópera de Corrientes y Callao, ella se devora cada una de las galletitas plenas de absolutidad que el mozo le trajo con el café. Dos personas la acompañan a la mesa. Dos cucharitas giran relativamente dentro de unos pocillos transitados, relativos ellos a la hora de mezclar sustancias de renovado juego para armar.
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Edgardo Lois (Argentina, 1962) publicó los siguientes libros: Miradas escritas al acrílico (2006); La Caramba en 24 hojas (2005); Un intento de desalojo en los años 40 (2004); Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado, 2002); México, un refugio en Buenos Aires (2001); Vuelo interno (sobre un espejo y la muerte), (2001); Anecdótica historia de la muerte (2001); Bitácora de lluvia (1998).
MICROCUENTOS
Luis Antonio Aguilar Monsalve
2008
DE PRONTO, EL OTOÑO
The fault… is no our stars but in ourselves.
William Shakespeare
A Mariana de Malo
De sombrero y abrigo comienzo a recorrer las calles con mis pensamientos en vilo. La brisa y el frío se adueñan del temporal y enlazan en juego su burda pasión. En una alambrada un niño travesea lanzando su balón al aro de metal. Me dirijo seguro hacia él. Debe tener unos ocho años. Al verme me sonríe. Comenzamos a jugar. La claridad disminuye y las farolas entregan su luz. «Debo ir». «Sí, lo sé. Abraza a tu padre esta vez muy fuerte, pero muy fuerte y dile que le quieres mucho». «¿Está llorando?». «No, es sólo la transpiración». «¿Cómo sabe que tengo sólo papá?». «Lo supuse». «Hasta luego». «Hasta luego». Alza la mano y estrecha la del señor que se tomó la molestia de quitarse el sombrero y el abrigo para solazarse con él. Después de dar unos pasos se regresa y le pregunta: «¿Cómo se llama?». «Me llamo Jaime». «Yo también», dice con entusiasmo. Cuando el niño se pierde en la distancia, el señor le contesta con una mueca de voz: «Lo sé».
CUANDO ELLA ME DIJO QUE SÍ
Conocí a mi esposa en circunstancias particulares. La vi un domingo cuando iba a la iglesia. Caminaba sola. Llevaba un sombrero alón negro y un abrigo largo del mismo color. Quise acercarme, pero entró a prisa por la puerta principal. En cincuenta minutos yo iba a regresar. Me cautivó. Me olvidé y la recordé incesantemente por la noche. No sabía dónde vivía. Tenía que verla. Transcurrieron varias semanas y su imagen y sentires no se apartaban de mí en ningún momento. Me alarmé. Como parte de un juego la llamé Destinia. Reciclé en mi mente toda existencia que posiblemente ella habría vivido sin mi auspicio. Sus experiencias me venían tan claras, parecían haber estado atadas a mí desde siempre. Llegué a pensar que la vida me obligaba a jugar una partida en la que ya era perdedor. En otras ocasiones, me quedaba estático frente al cristal de la ventana con la intranquilidad de ser obligado a aceptar coartadas gratuitas del destino.
Resolví un domingo esperarla en el atrio de la iglesia. Reconocí su caminar intrascendente. Le pedí que me escuchara. Sonriente me aceptó; no lo esperé. «Usted es la causa de mi desvelo» —le dije con tono donjuanesco. «¿Yo? ¿Cómo así?», contestó muy segura y muy femenina. Le conté con rapidez sobre mis vigilias. Ella se rió con amabilidad. Le pedí que almorzara conmigo. «Después de misa, encantada», expresó y subió las escaleras con agilidad y gracia.
Nuestro amor creció como era de esperar. Muy poco después de la primera cita le dije que sí.
LA PERLA
Le decíamos La Perla a la prohijada de la lavandera, cuyo origen real nadie sabía. Creció con nosotros, los chicos del barrio, jugando, arguyendo y viviendo una vida infantil inmejorable. El Negro, el Patucho, la Tocha, la Iguana, La Perla y yo componíamos el clan del vecindario. Ella amaba su soledad, pero conmigo, el pibe, se llevaba un poco más. Un día el Negro, Alfonso Negrete, propuso jugar a la familia. Los roles se dividieron: el papá, él, la mamá, la Perla y el hijo, yo. Ella se volvió temperamental y nos abandonó, fue la primera y única vez que la vimos indispuesta. La lavandera era una mujer muy amable y generosa. Nos invitaba los confites que hacía, pero cuando se le preguntaba sobre la procedencia de nuestra amiga, rehusaba contestar y se ponía molesta. No volvimos a hacerlo. Se enfermaba con regularidad. Cuando esto sucedía la Perla hacía el trabajo y ya no podía jugar con nosotros. Yo vivía con mis padres, los más respetados del distrito. La casa fue construida por mis bisabuelos en un lugar que ahora no es muy aceptable socialmente, pero no queremos trasladarnos a ningún otro lugar. En una mañana de abril la lavandera amaneció muerta. La Perla nos dio la noticia sin llorar. La acompañamos y mi papá se encargó de todo. Mi mamá le invitó a vivir con nosotros. Me sentí feliz. La Perla agradeció con una de sus sonrisas muy tristes y recusó con delicadeza. Al día siguiente fui temprano a buscarla, iba a tratar de convencerla. Llamé pero no me contestó; la puerta estaba entreabierta. Al ingresar vi sobre su cama la silueta de una rosa de color perla.

LO QUE ESTÁ MÁS ALLÁ DE UNA PUERTA CERRADA EN UN ÁTICO
Cuando mi familia iba a la casa de campo de la abuela Lucrecia por las vacaciones de fin de año, yo detestaba hacerlo porque presentía un final escabroso. Allí nos encontrábamos con los primos y amigos de ellos. Yo no cuadraba en sus andanzas. Me las pasaba solo excepto con Fidel, el perro collie; iba conmigo a todas partes. Por falta de habitaciones me tocaba dormir en el ático, espacio que me producía mucho miedo. La abuela me advirtió que no ocupase el catre de metal, sino que durmiera en el coy; la cuja era maldita. Asumía, supongo, que yo era el único que iba a hacer caso. Una noche, cambié de parecer y decidí dormir en ella. Fidel salió a toda velocidad. Ahora estoy esperando que alguien desobedezca la orden para que pueda regresar a mi mundo del cual cada vez me voy alejando más y más.
¿ME LLAMARÁ HOY?
El otro día asistí a una feria del libro y me tope con un señor que tenía dos celulares, me gustó más el pequeño. Se marchó dejándolo. Nervioso lo tomé y me alejé sin dilación. Comencé a manosearlo y un aire de importancia me inundó. Vi a la distancia a mi amiga Matilde y me obligué a pasar junto a ella. Nos saludamos con señas y le indiqué que me esperara. Inventé un soliloquio ridículo en el que me hacía pasar por un tahúr al que le invitaban a estar presente en algún juego de salón, yo me excusaba. Noté en ella cierta vacilación, sorpresa y, en el fondo, algo de admiración. Sin el aparato, entablamos una conversación ligera y se marchó después de hablar sobre un par de cosas sin importancia.
El celular sonó. «Mauricio, he decidido perdonarte». Era una voz femenina con un ligero acento extranjero. Me la imaginé con una bata negra de seda muy sensual. La veía paseándose entre nerviosa y resentida sobre unas alfombras blancas de vicuña. «Gracias mi amor por tu perdón», atiné a decirle inquieto. «No debería, ni mereces mi generosidad. Soy una tonta al hacerlo. Todo el mundo me aconseja dejarte». Comenzó a llorar. Muy dentro de mí la acaricié con vehemencia. Caté sus lágrimas salobres. Aspiré su perfume. Me enmudecí en sus labios. «¿No me contestas?». Balbuciente emití un sonido impar. «Estoy aquí», acerté a decir. Continué: «Te quiero mucho y tengo ansias de verte, de estar contigo». «¡Que extraño me pareces, Mauricio!, quizá no me equivoco al perdonarte, pero…». Cerró el fono llorando y no dio ninguna explicación.
Regresé a la feria del libro para encontrarme con el dueño del celular, debería estar buscándolo. Me sentía un delincuente desaforado. No lo hallé. Ahora sigo esperando con celular en mano su llamada y continúo viéndola caminar sobre unas alfombras blancas de vicuña.
CANDILEJA FUGAZ
La luz vuelve a su punto más intenso y la cantante, popular en otra época, hace la venia con una sonrisa postiza. Luego, los aplausos, las conversaciones y las risas sacuden el ambiente dejando un aura de humo, ruido y desorden. Un piano negro de cola descansa sobre una alfombra raída. Sobre él, un enorme jarrón con rosas de hojalata pintadas de rosa fuerte. El pianista un ochentón, vestido de frac, contempla a la cantante con devoción. Autumn Leaves es la siguiente melodía. Nadie escucha. Termina. Ella recuerda con suma tristeza aquellos días en los cuales las multitudes regalaban flores, joyas y los silencios se prendían de las cortinas, espejos y arañas de cristal mientras los suspiros recorrían los aires. Él sentía ahora una rabia burda, mezcla de dolor e impotencia por el trato que recibía. La vio altiva y señora como siempre. Cantante y músico, duendes furtivos, abandonaron el proscenio a paso lento y las flores del recipiente visiblemente palidecieron; se alegraron de ser artificiales. Una luz mortuoria vestía el tablado de luto.

CREPÚSCULO
Julia y yo decidimos tomar las vacaciones de fin de año juntos. Argumenté ir a las montañas y no a la playa. Como de costumbre ella cedió. Nuestros hijos en veinticuatro años de matrimonio estaban en el extranjero estudiando economía, medicina y antropología. La víspera del viaje hice las maletas con las cosas que me dio Julia. Ella preparó una canasta de fiambre, no olvidó su extraordinaria tarta de manzanas. Salimos en el jeep al amanecer. Mirándole me di cuenta de que yo no podría prescindir de su compañía. Hablamos mientras devorábamos distancias de una y mil cosas y reiteramos que estábamos solos. Con lentitud acercó sus labios a mi mejilla, sonreí con las manos en el volante y le dije cuánto la quería. «Tu secreto está seguro conmigo», me respondió. De súbito, un autobús de pasajeros que venía en dirección contraria, nos chocó fatalmente. Pudimos ver nuestro vehículo destrozado. Unos segundos antes del accidente acaricié a Julia mientras ella me retiraba su mirada y su exquisita sonrisa y se dejaba interesar en un paisaje hermoso a media luz. En el impacto me topé con un resplandor cremoso y brillante que me dio un sentido de paz nunca antes alcanzado. Le pregunté si se sentía bien por su palidez; me respondió con un sentido afirmativo de la cabeza. Empezamos a ver que en el bus las personas habían adquirido un color plomizo que se confundía con una bruma áspera a la vez que se podía escuchar sonidos cacofónicos indescriptibles. La poca claridad que teníamos se iba esfumando. Con esfuerzo y una mueca de dolor, Julia me preguntó: «Fernando, ¿hemos dejado de existir?». «Sí», le respondí con infinita tristeza. Le tomé las manos y sentimos que nos íbamos desintegrando en medio de una niebla gélida. Sin lágrimas, sin quebraduras de la voz le agradecí por su amor y compañía. Con dulzura me sonrió, lo intuía, cuando ya no podía ni verla ni oírla.
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© Luis A. Aguilar-Monsalve es escritor ecuatoriano. Maestría en Relaciones Internacionales. Doctorado en Ciencias Políticas. Doctorado en Lenguas y Culturas Hispánicas. Maestría en Estudios Latinoamericanos. Licenciatura en Ciencias Políticas y Lengua Española. Diploma en Literatura Española. Es Profesor Asociado de Español y Estudios Latinoamericanos, Hanover College.
Ha publicado los libros La otra cara del tiempo, Imágenes y otras historias, El umbral del silencio, La otra cara del tiempo y otros cuentos, Al otro lado de mi voz y otros cuentos, Dejen pasar al viento, Creo que se ha dicho que vuelvo, Breve antología del relato, Huellas y silencios, A través de una rendija. Su novela En busca de sor Edwina Marie sale en mayo de 2008.
HONORES RECIBIDOS: Miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, 2001. Miembro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1997. Miembro del Grupo América, 1996. Miembro Honorario de la Casa de Montalvo, 1995. Quién es Quién Dentro del Profesorado Estadounidense, 1994. Phi Kappa Phi (Graduate Honor Society), 1973. Sigma Delta Pi (National Hispanic Society), 1972. Pertenece a las siguientes organizaciones profesionales: American Association of Teachers of Spanish and Portuguese. Asociación de Ecuatorianistas en los Estados Unidos. Modern Language Association. Political Science Association. History Association.
BLOW~UP, FLOPI
Laura Massolo
No sólo testigo, entienda. A mí también me tocó de cerca esta historia. Parte del negocio es mío, me asocié con Daniel Santana hace cuatro años, y con el hermano, con Joaquín, compartí otras afinidades toda la vida. De esta mujer ni siquiera sé el apellido. Flopi, en el libro dice Flopi; no sé si es un nombre artístico. Qué sé yo.
Joaquín Santana llegó a tener un sello editor serio. No importante, pero sí bastante conocido. Daniel se dedicó a la fotografía. Y hasta ese entonces, los dos se respetaban profesionalmente. Joaquín le mandaba trabajos a Daniel.
A ella la vi por primera vez una mañana. Vino sola.
Es para un desnudo, me dijo. Y lo dijo con tanta firmeza que adiviné que me hablaba, desde los ochenta kilos embutidos en el metro cincuenta, de un desnudo para ella. Por eso no le contesté. Por eso, ante mi silencio, creyó necesario agregar el resto: “Me manda Joaquín Santana; es para la solapa de mi libro.”
Había unas cuantas personas en el local. Las mañanas de principio de mes se atiborran de gente por las fotos para el documento. Así que le expliqué, brevemente, que mi socio no estaba, que las tomas en estudio eran a la tarde, y la cité a las ocho.
Ni bien salió, bamboleando la figura redonda y cortita, llamé a Joaquín Santana por teléfono.
Joaquín esperaba mi llamado, muerto de risa. “¿Vos viste eso?”, me preguntó casi ahogado. Después explicó que, por supuesto, la idea era de la mina, que debía ser psicótica y que, aparte, tenía una calentura mística descomunal. Me contó también de los poemas del libro que iba a publicar; las groserías, el tono obsceno que ella pretendía erótico. A mí me interesa la literatura. En cambio, a Daniel, el tema le importaba un pito. Cada chancho a su chiquero, le decía a Joaquín cuando opinaba de fotografía. La familia es la familia y los negocios son los negocios. Y yo hacía de puente. Con Daniel, tenía un buen laburo asegurado; con Joaquín, un vínculo interesante que a lo mejor, algún día, podía servirme para publicar un libro.
Joaquín hizo dos o tres cuentas de esas que rematan en bancarrota o catástrofe, admitiendo que se estaba rebajando por publicar la obra de este mamarracho. (Juro que fueron palabras de él: la llamó mamarracho). Después, me pidió que le deseara suerte a Daniel con las fotos, en medio de unas cuantas insinuaciones, siempre muerto de risa; y quedamos en que le mandábamos los contactos al día siguiente. “Si podés, me dijo, traémelos vos y tomamos un café. Hace mucho que no me río un rato largo”.
Yo, que estoy en el tema, sé que Joaquín ha editado autores de renombre. A veces, al estudio han llegado personajes raros; pero jamás vi un escritor desnudo, ni un poeta desnudo.
Realmente, lo de la gordita era insólito.

Me fui, como siempre, a eso de la una. Pero no le quise dejar anotado a Daniel este asunto. Lo esperé, nos cruzamos, se la describí. Se quería morir. Le dije que yo volvía a las siete. En realidad, no me quería perder la cara de Daniel cuando la viera. Él me suplicó que no entrara al estudio, para no tentarse.
La gordita vino media hora antes. Típico. Estaba ansiosa por sacarse todo.
Durante el tiempo que Daniel la hizo esperar en el local, Flopi leía una carpeta. Leía y movía los labios. Y tuve curiosidad por ver lo que leía. Me puso la carpeta en la nariz, me ordenó o me chilló que leyera los poemas, y desapareció en la trastienda porque Daniel acababa de llamarla.
Cuando abrí la primera página leí: “He orinado el desierto”. Era la única frase, en el centro. Después entendí que cada uno de esos renglones solitarios era un poema.
Los demás también eran así, minúsculos y cochinos, palabras inconexas donde siempre aparecía una vagina, una menstruación o una deposición adornada por el aliento de un ángel. El poema más largo tenía cuatro renglones. Me horrorizó pensar que mientras, allí adentro, Daniel presenciaba un streep-tease decadente, que la pollera violeta ya estaría colgando del respaldo de la silla y que, en ese mismo momento, un montón de carne fofa quedaba al descubierto.
Otro renglón decía: “pubispubispubispubis”, y allá, como si se hubiera caído una palabra, decía “orgasmo”.
La gordita se estaría sacando el corpiño cuando, en una de las páginas del final, mi asombro descubría una cruz hecha con sílabas. Voy a tratar de recordar, ahora, lo que decía. Creo que, casi textualmente, era así: te lo pi do ag ri to s, eso era el palo superior de la cruz. “Quemeclavesquemeclaves” así, todo junto, era el palo del medio. Y bajaba con ah ah ah ah, cuatro veces.
Cerré el libro y traté de escuchar. Me costaba creer que Joaquín fuera a publicar esa porquería. Me costaba creer que Daniel estuviera fotografiando a esa mujer. Y, como no escuché, no pude más y me asomé.
Fue terrible. Verla así, sudorosa, porque Daniel indicaba todas las piruetas imaginables; moviéndose con dificultad, medio enredada en un pedazo de terciopelo rojo, y yo pensando que se iba a rajar un pedo, y no sé si no pasó. Verla ahí, tan convencida, tan entregada, tan con la mirada fija en la lente o, a veces, con los ojos medio dados vuelta hacia el techo, medio en blanco, con las comisuras contraídas. Fue terrible. Uno de los laburos más extraños que vi en mi vida. El más pornográfico, porque mis sensaciones eran confusas; una mezcla de vergüenza ajena con placer, o admiración con asco, o vergüenza propia porque no me diera tanto asco. O, tal vez, lo que me consternó fue la actitud de Daniel, más profesional, más concentrado que nunca, casi obsesivo en cada pose, en cada disparo.
Para abreviar, al día siguiente le mandamos los contactos con el cadete. Estuve muy ocupado, ni siquiera llamé a Joaquín por teléfono. En realidad, no tenía ganas de darle más vueltas al asunto. Lo tomé como un laburo de Daniel y listo. Pensé que los dos hacían mal en prestarse a una situación tan ridícula, que ese libro era un desprestigio. Pero no era mi problema. A mí, lo único que me quedaba, como para quejarme un poco, era la derrota definitiva de mis fantasías sexuales con las mujeres rellenas.
Las tres copias que eligieron me parecieron buenas. Daniel las amplió y quedaron de primera. No sé por cuál de las tres se decidieron para el libro. Yo me olvidé del tema y a otra cosa.
Habrán pasado seis o siete meses. Mire, no me acuerdo. Lo que sé es que, durante ese tiempo, Daniel y Joaquín estuvieron distanciados. Tampoco me iba a meter en los asuntos de familia.
Una mañana, desde el cuarto oscuro escuché voces en el negocio y me pareció, realmente, que una era la voz de Joaquín Santana. Estaba con la gordita. La tenía abrazada.
Usted sabe: Joaquín era casado, casado con una mujer inteligente y linda; un matrimonio con dos o tres pibes adolescentes, una buena posición.
Venían por otras fotos para un nuevo libro. Esta vez, para la tapa. Ella explicó que, ahora, su cara era conocida, que con el éxito, que con los ejemplares vendidos.
Yo no entendía nada.
Tenés que leer estos poemas de Flopi, me decía Joaquín Santana con cara de enamorado; son espectaculares. Y la gordita, con la voz gordita, decía ay joaqui ay joaqui, mientras se moría de felicidad apoyando todo su volumen en el mostrador.

Seguramente, se trataba de algún delirio místico, poético, sensorial. Aunque yo, después de ver el pubis raído y rubicundo de la Flopi, con una línea sutil de vello que se perdía bajo el delantal del abdomen, no podía adherirme a la sentencia de que “tira más un pelo de concha...”
Lo extraño fue que el trabajo, esta vez, lo tenía que hacer yo. De Daniel, ni hablamos. Sin muchas explicaciones, me dieron la dirección de la nueva casa y me invitaron a cenar mientras ella, encantada con la situación, me explicaba que no iba a salir desnuda del todo porque le habían enseñado que las transparencias sugieren más.
Ahí entendí por qué Daniel estaba molesto con el hermano. Ahí entendí por qué no me había contado nada de todo esto. Como era mi socio, le tuve que decir que iba a tomar las fotos. Ni siquiera me contestó.
Hice unas pruebas de luz en el living. La gordita eligió despatarrarse en un canapé; quería una de cuerpo entero y un retrato para la contratapa. El canapé es de color dorado. Ella se puso una especie de túnica verde loro, por supuesto, transparente; y giró hacia todos los ángulos con los ojos turbios entre la grasa.
Nuevamente abrevio la historia: entregué el trabajo a Daniel, él me agradeció, bastante seco; volví a olvidarme del tema; evité preguntas. Me hubiera resultado violento hablar con Daniel del incordio de su hermano. Y, por otro lado, Daniel estaba tan fastidiado con el asunto que supuse que revelar las tomas iba a resultarle una tortura.
Pero una mañana, cuando pasé del local al estudio, vi que Daniel había colgado un mural de la gordita desnuda, una toma parecida a la del libro. Había sacado el mural de la vaca, que era mi preferido, para poner a Flopi, sesenta por noventa, en el plano más visible del estudio.
Qué sé yo por qué. Ya le dije: nunca les hice preguntas, a ninguno de los dos. Ni me hubieran contestado. Ni me dieron participación.
Flopi no vino más en los horarios en que yo estaba. Venía, sí que venía, de eso había huellas inconfundibles: faltaba papel, quedaba desorden, el cenicero estaba lleno de colillas de mentolados. Pero todo esto era después de las ocho, cuando yo ya no estaba en el local.
Y abreviando, otra vez, fueron los tiempos en que la gordita, totalmente multiplicada, empezó a brotar como una plaga. Los libros, los murales, una exposición en el centro - lamentablemente, una exposición anunciada también con mi nombre -; los contactos en el laboratorio, colgados, húmedos, secos, extendidos, enrollados.
La gordita reinaba, como una costumbre. Era notable el exceso de muestras de gordita desnuda por todas partes, llenando las piletas y los tendederos.
Daniel me confesó que había descubierto la armonía particular de las formas; me mostraba la cara, definida y al mismo tiempo tan suave; insistía en las curvas que aplastaban el terciopelo rojo. Y me dijo algo de la mirada, la mirada con un llamado salvaje. Después habló de que las manos redondas prometían subidas y bajadas del aliento, que el sudor que apenas se insinuaba con un brillo entre los pechos debía ser tan salado como profundo. Lo vi leyendo el libro, ése que yo había hojeado de mala gana el primer día. Me hizo notar la síntesis del reclamo de la hembra. Observó que el poema “He orinado el desierto” transmitía una sensación que sólo mirando a Flopi podía entenderse.
Me di cuenta de que la obsesión de Daniel crecía proporcionalmente a cierta furia de Joaquín, que llamaba y pretendía indagar, con indirectas, con recelo. Me convertí en una especie de filtro para las noticias.
Graciela, la mujer de Daniel, también llamaba más seguido al negocio. En alguna ocasión me pareció que tenía la voz quebrada, como si hubiera llorado. En alguna ocasión, Daniel, que había alterado sus horarios, me hizo señas para que le dijera que no podía atenderla. Ese fue un indicio claro, porque hasta ese entonces, Graciela y Daniel eran una pareja fantástica. Y Graciela trataba de averiguar cosas, datos, llegadas, salidas. Pero yo no me sentía cómplice porque, más allá de mis sospechas, una relación entre Daniel y el esperpento me parecía totalmente improbable; de modo que le contestaba lo que sabía y lo que veía, sin agregar detalles.
El fraude y la porquería amenazaban el equilibrio de mi sociedad con Daniel, aunque yo no fuera más que un testigo ocasional.
Anduve por las librerías. Pregunté por los libros de Santana: el segundo de la gordita no había salido. El primero, se vendía como pan caliente. Parece mentira, a la gente le gustaba la solapa con la autora en pelotas; los comentarios hablaban de la poeta más audaz del siglo. Usted mismo habrá visto esa revista que tenía la foto de Flopi en la tapa. Bueno, esa foto es de Daniel. Como trabajo, es sensacional. La gordita se convirtió en una sex-símbol y al cuerno con la literatura. Y al cuerno con la relación de los hermanos Santana.
Yo vi venir el desastre.
Pero no pude hacer nada. Esa premonición de lo inevitable, del desenfreno que, ante la presa, lleva a la fiera a dar el zarpazo, empezó a convertirse, casi, en una premeditación de los hechos. En algún momento hubo corridas, hubo gritos por teléfono, hubo salidas intempestivas de Daniel. En algún momento vi a Joaquín Santana en la esquina, adentro de su auto, como al acecho. En algún momento vino Graciela, furiosa, y se metió en el estudio y escuché que lloraba.
Para mí, fue una época difícil; tuve que trabajar el doble, disimular delante de los clientes, hacerme el boludo a cada rato cuando me tocaba atender el teléfono. El escándalo estaba ahí.
Y el enfrentamiento llegó. Y el enfrentamiento me aniquiló. Porque lo que me esperaba, esa madrugada, cuando ustedes me llamaron y me dijeron que me presentara lo antes posible, era un escenario siniestro: dos patrulleros, mucha gente, tres ambulancias sin apuro.
Usted se acordará: me hicieron entrar, tuve que mirar todo. Entienda: las cosas que estaban destruidas también eran mías. Claro que van a encontrar mis huellas; por supuesto. Así que no me jodan más, por favor. Es la última vez que declaro. Y si no aparecen pruebas, no es asunto mío. A lo mejor, digo, mi teoría, es que uno de los dos ahorcó a la mina y después se balearon entre ellos.
Lo del terciopelo rojo en mi casa, no sé. Es una casualidad.
Me lo habré llevado sin querer.
Mire, aquí lo traje.
Tiene un olor insoportable.
Es el olor de Flopi.
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© Laura Massolo nació en Lomas de Zamora, Provincia de Buenos Aires, en diciembre de 1954.
Escribe poesía, cuento, novela y teatro. Coordina talleres literarios desde 1990, dedicándose a la formación de escritores y coordinadores de taller y a la corrección de textos literarios.
Publicó los libros de poemas Afuera estaba el mundo, (2001, Ediciones del Dock, Buenos Aires) y Y amén (2002, Edicions 96, Valencia, España).
En el año 2004, conjuntamente con Liliana Díaz Mindurry, publicó el libro práctico Armar un cuento.
Al borde, (1999, Ediciones del Dock, Buenos Aires) su primer libro de cuentos, fue distinguido con el Tercer Premio Municipal “Ricardo Rojas” de la Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con la Faja de Honor de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) y con la Primera Mención de Honor en la Faja de Honor de ADEA (Asociación de Escritores Argentinos).
Su primera novela recibió Mención de Honor en los Premios Regionales del Premio Nacional otorgado por la Secretaría de Cultura de la Nación y su novela Callate, Florencia, resultó finalista en el Concurso “Cristóbal Zaragoza”, de España.
En el año 2001 obtuvo el Premio Internacional Juan Rulfo Radio Francia Internacional y Centro Cultural de México por el cuento “La otra piedad”, cuyo título encabeza su segundo libro de cuentos, publicado en 2005 por Ediciones del Dock en Buenos Aires.
En cuento obtuvo, además, el Primer Premio “Demetrio Cañizares” de Madrid en el año 2001 con cuyo segundo premio fue distinguida en el año 2005.
En enero de 2006, con el auspicio de la Cancillería Argentina, viajó a recibir el Premio “Miguel de Unamuno” de la Caja Duero de Salamanca, de manos del Presidente del Jurado, Don Víctor García de La Concha, Director de la Real Academia Española de Letras y el Premio “Relatos Breves La Radio” de la Radio Nacional de España y Caja Castilla la Mancha, Cuenca.
Resultó finalista en los concursos de cuentos “Jara Carrillo”, “Max Aub”, “Ciudad de Elda”, “Filando Cuentos de Mujer”, “Julio Cortázar “de la Universidad de Murcia, “Vargas Llosa” NH de Relatos, y “Martín Gaite” de la Casa de Cultura de Cerceda, Madrid, convocados desde España; en el Concurso “Carmen Báez” de México, en el Concurso Internacional de Cuentos AVON y en el Concurso internacional “Contextos” de Radio Cultura.
En poesía obtuvo, en México, el Primer Premio Juana Santa Cruz del Ateneo Español y los siguientes premios en España: Primer Premio “Marc Granell” de Valencia, Primer Premio del Ayuntamiento de Motril, Granada, Primer Premio del Ayuntamiento de Jerez de los Caballeros, además de alcanzar numerosas distinciones en el ámbito nacional y resultar finalista del Certamen “Alonso de Ercilla” y del Certamen “Ciudad de Mérida”, ambos de España.
Ha publicado artículos, poemas y cuentos en distintos medios literarios nacionales e internacionales.
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